sábado, 7 de octubre de 2017

El progresismo latinoamericano ante los retos electorales por venir

Las baterías políticas desplegadas por las derechas, han impuesto un imaginario mediático sobre el progresismo ligado al fracaso, la ineficiencia, la improvisación, la corrupción y -con mucho esfuerzo cultural y simbólico- las están mostrando como el pasado (lo viejo), no como la alternativa, un análisis contra-fáctico que ubica a las derechas en el lugar del cambio y de lo nuevo.

CELAG

La agenda de disputas electorales del continente avanza -se acercan 17 procesos electorales en 10 países –[1] y los debates sobre el futuro político de la región se ponen en tensión para analizar las condiciones de las fuerzas y las debilidades de los sectores populares y de los gobiernos progresistas latinoamericanos, ante la gran ofensiva material, cultural y simbólica de los conservadores. Un debate central para el continente, merecedor de un análisis cuyo objetivo sea la síntesis de las herramientas propuestas por intelectuales, formaciones políticas y organizaciones populares que vislumbren pautas de acción colectiva en un momento con apariencia caótica y desgaste de las alternativas.

En el terreno de la disputa no sólo interviene la forma exclusiva de la lucha electoral, aunque hoy constituya el escenario trascendental y donde los proyectos políticos, tanto conservadores como progresistas, han definido volcar sus estrategias. Latinoamérica está en movimiento a través de importantes procesos democratizadores por la defensa de los derechos humanos y sociales, con variadas expresiones de la cultura y con hechos simbólicos de trascendencia, aunque en las dos últimas décadas quedó clara la necesidad de tener –y mantener- el control sobre la gestión del gobierno, porque esta garantiza la concreción inmediata de las ideas en materia (leyes, obras, políticas públicas, etc.)[2], es decir, es la forma de convertir los proyectos de futuro en realidades palpables para la población, fundamentales para lograr el bienestar social y la credibilidad popular sobre el propio proceso progresista.

Teniendo en cuenta los debates en torno al progresismo y partiendo de que es un concepto que reúne una diversidad de pensamientos y proyectos con estrategias y alcances distintos, se han organizado cinco ejes de reflexión cuyo objetivo es pensar más allá de la coyuntura y aportar al debate sobre los escenarios políticos-electorales por venir

I. El liderazgo y la unidad

Tiene razón el expresidente “Pepe” Mujica cuando dice que “el eterno problema de las fuerzas del cambio es la lucha por la unidad, que significa respetar la diversidad y aprender a componer columnas con gente que tiene matices, pero no dividir las fuerzas del cambio porque eso es debilitarse frente a la derecha”[3], prueba de ello son los vaivenes de los procesos progresistas respecto de la conducción colectiva de los gobiernos, los defectos del viejo régimen político presidencialista castiga como más a los proyectos nuevos o de cambio, puesto que su carácter amplio, diverso y deliberativo les genera intensos debates y marcados posicionamientos políticos, mientras que en los grupos de poder conservadores se resuelven con pragmatismo y dadivas, de forma antidemocrática.

Los liderazgos, en tal sentido, deben volcar su capacidad de competencia y conexión con los sectores no convencidos, hablarle a las mayorías y no sucumbir ante la seducción del liderazgo único a la interna de las formaciones políticas nacionales. En tal sentido sirve mucho expresar la capacidad de renovación en las formaciones políticas, aunque ello no signifique una discusión mecánica sobre lo nuevo y lo viejo, que nunca termina de resolverse.

Dos experiencias nos sugieren pautas para encarar los procesos electorales: la de Bolivia, donde existen muchos liderazgos encargados de tareas distintas y complementarias, volviéndose tan imprescindible Evo Morales como García Linera, Choquehuanca o los líderes que sostienen las organizaciones sociales como la CSUTCB, la CTB, la Bartolina Sisa. Bajo esta lógica, en Bolivia se repostulará un proyecto político, no una persona, así sea liderada por el mismo presidente Evo Morales.

El otro proceso es el ecuatoriano, donde el actual presidente Lenin Moreno pretende construir un liderazgo propio, aunque ello signifique generar un clima de discordia con el expresidente Rafael Correa y poner en discusión elementos del consenso del movimiento Alianza País. Ello impulsa a constituir proyectos programáticos más sólidos y procesos con mayor coparticipación de liderazgos como en Bolivia y obliga a pensar en la necesidad de contar con una base crítica que obligue al fortalecimiento de movimientos populares y sociales que tengan la fuerza para encarar los cambios desde la sociedad, en sincronía crítica con las necesarias acciones de gobierno

II. Autocrítica para triunfar y avanzar

Reflexionar sobre los errores, facilita construir anticuerpos resistentes a los virulentos ataques de los proyectos conservadores de la región. En ello coinciden tanto detractores (de izquierda) de los procesos progresistas, algunos de sus amigos o aliados, e incluso algunos de sus líderes. La autocrítica podría servir de herramienta para corregir a tiempo, sobre los errores propios y permite ver los flancos abiertos por donde se cuelan las acciones de la ofensiva conservadora, que se renueva, pero mantiene las ya conocidas acciones de sabotaje económico, político, militar y cultural, inoculadas con el apoyo de los Estados Unidos, desde los tiempos del derrocamiento del gobierno de Allende en Chile (1970-1973).

Pensar que todo se hace bien, podría atribuírsele a una forma de ver el mundo con soberbia, aquel mal generado por la ignorancia. No revisar a tiempo los errores impide la creatividad y la iniciativa política, lo cual requiere generar mecanismos de análisis situacional que tengan en cuenta, o al menos escuchen, las voces críticas siempre existentes en los procesos, cuyos planteamientos no se incluyen a veces por sectarismo, otras por negación y por auto-referencia. Pero no sólo basta con reflexionar sobre los errores, actuar en consecuencia implica aplicar una praxis decidida con modificar las situaciones identificadas como erráticas y nocivas en los procesos políticos progresistas.

“La autocrítica es para rectificar, no para seguirla haciendo en el vacío, o lanzándola como al vacío. Es para actuar ya, señores ministros, señoras ministras (…)”[4], dijo Hugo Chávez el 20 de Octubre del 2012, presentando su proyecto de gobierno 2013-2019 llamado Golpe de Timón, escrito a partir de un balance crítico de las debilidades y fortalezas del proceso bolivariano, advirtiendo las dificultades que estaban por venir en el terreno material, pero también subjetivo, producto de la intensa guerra mediática y las dificultades económicas mundiales, así como del propio proceso político local.

Develar yerros en los procesos de gobierno no debilita a las fuerzas progresistas, les genera mayor estatura ética. En ese sentido, Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia, plantea la necesidad de comprender las debilidades del devenir de los procesos progresistas, sin perder de vista las capacidades de destrucción del bando adversario donde están los Estados Unidos y los grupos conservadores nacionales[5].

¿Cómo construir esa autocrítica?, ¿cómo volverla eficaz para las campañas electorales? y ¿cuáles dispositivos políticos se pueden construir para su corrección?, son algunas de las preguntas que quedan al respecto, lo cierto es que no habrá triunfos si no se analizan con profundidad las dificultades de los procesos progresistas de la región, teniendo en cuenta su heterogeneidad y sus diferencias, para enviar un mensaje al electorado de honestidad, capacidad de rectificación y moralidad pública.

III. La economía como batalla cultural

Los proyectos progresistas han logrado monumentales cambios en la vida de millones de personas en la región, constatables con los datos de desarrollo humano de los organismos multilaterales e inocultables por los detractores de diversos pensamientos político-económicos, aún así, persiste un escepticismo social respecto del cambio de orden social, una situación que se puede entender desde la perspectiva de la intensa batalla cultural de orden material y simbólico que se libra en la cotidianidad de la vida individual y colectiva. No se puede obviar que se arrastran tras de sí las huellas del colonialismo y con toda la fuerza las pautas del modo de vida americano, the american dreams, mucho más si se comparte el planteamiento de Emir Sader de que “lo social es el tema central en el mundo, no solo la desigualdad, sino la imposibilidad de la gran mayoría de la gente de acceder a niveles básicos de consumo. No solo de bienes materiales”.

Todo modelo económico tiene repercusiones en la vida cotidiana de la población, ya que en sus intercambios económico sociales están atadas las aspiraciones de bienestar ligadas al consumo -al tiempo que se dan los procesos de explotación y exclusión por el mercado del trabajo-, un tema de suyo contradictorio y discutible desde diversos planos, pero que existe en el plano de la realidad y no sólo de la abstracción discursiva de modelos ideales de sociedad, al estilo de recetas teóricas ligadas a importantes asuntos como lo ecológico, que sin la mediación de la lucha social y los avances en el control del Estado son impensables.

El desarrollo de procesos de cambio surgen en condiciones donde la mayoría de la población está excluida y empobrecida, que se convierten en el principal asunto a resolver desde el Estado por los gobiernos progresistas, mientras que las demandas de profundización de la democracia -que incluyan la justicia medioambiental, las demandas de los feminismos, de las juventudes, entre otras-, deben tramitarse en el plano de la tensión sociedad-Estado, donde las organizaciones populares cumplen el papel democratizador y el Estado (conducido por fuerzas populares/progresistas) deben facilitar los mecanismos institucionales para efectivizar esas demandas.

Cuanto más actuantes sean las organizaciones sociales, más profundos serán los procesos de cambio, lo contrario sería pensar en la estatalización de la lucha social. En tal sentido, la economía con sus disputas relacionadas con la superación de la dependencia y a la sujeción de la primarización, deben ser resueltas no sólo en el plano de una política económica estatal heterodoxa, sino con una praxis democratizadora de la sociedad que interactúen con el sentido común de las mayorías, que implica una profunda disputa cultural por las relaciones con el consumo de bienes y servicios, la noción de bienestar y de movilidad social, como parte de cualquier proceso superador del modo de producción capitalista[6].

Así las cosas, las propuestas en materia económica para los procesos electorales en ciernes realizadas desde los progresismos, deben estar pensadas en función de sostener las bondades de la heterodoxia económica que ha permitido la distribución de la riqueza, y a la vez tendrá que pensar cómo mantener una relación con la sociedad de forma dinámica y en tensión permanente, una sociedad que respalde a las gestiones de gobierno a la vez de ampliar las disputas de profundización por los cambios del orden social, teniendo como epicentro el concepto de lo comunal, característico y disruptivo del pensamiento latinoamericano de los últimos años, en especial propuestos desde Bolivia y Venezuela.

IV. Renovación y corrupción: los estigmas a superar

Los grupos conservadores que han retomado los gobiernos en Latinoamérica, a través de golpes parlamentarios como en Brasil o por elecciones como en Argentina, han centrado sus ataques al progresismo fundamentados en la corrupción y la perpetuación de funcionarios en los cargos burocráticos. El caso judicial de las coimas de la empresa brasileña Odebrecht, ha quedado en la opinión pública como un caso tipo de corrupción de los gobiernos progresistas, aunque en la práctica la corrupción de este grupo económico haya sido sin discriminación política, y haya llegado a los partidos derechistas brasileños, a la derecha de Santos, Uribe (en Colombia) y Macri en Argentina.

La corrupción es un tema de fondo de las democracias y debe ser tratado con el rigor que ello merece, los proyectos progresistas de cara a los procesos electorales venideros deben enfrentar con solvencia las preguntas del electorado, el cansancio ciudadano al despilfarro de sus recursos y la utilización de estos para beneficio personal. Es un debate sobre cómo está construido el régimen político en la región, donde las empresas nacionales, las transnacionales norteamericanas y europeas financian las campañas políticas, a cambio de hacerse como proveedores de bienes y servicios del Estado, en un circulo virtuoso para los empresarios y ruinoso para la democracia.

Además de enfrentar la corrupción, el progresismo debe renovarse en especial actualizando los proyectos políticos mirando hacia el futuro, celebrar las victorias y los éxitos en materia de distribución de la riqueza deben darse al tiempo de emprender nuevas gestas con mayores alcances. Un ritmo de gobierno superador, acorde con los cambios que se van generando producto de las políticas inclusivas y de derechos políticos, un ritmo acoplado a la acción de las organizaciones sociales y populares, pues como ya se ha dicho no hay democratización o cambio sólo con los arreglos institucionales y sin la participación organizada de la población.

La lucha contra la corrupción y la búsqueda por la renovación de las dinámicas políticas de gobierno, implican por tanto discursos políticos electorales convocantes a la acción conjunta sociedad y el Estado, ni mesiánicas, ni inalcanzables, donde la idea de poder constituyente fluya de forma permanente, una enseñanza del salto adelante del último proceso electoral desarrollado en Venezuela el pasado mes de julio.

V. La derecha siempre se prepara para regresar

Las baterías políticas desplegadas por las derechas, han impuesto un imaginario mediático sobre el progresismo ligado al fracaso, la ineficiencia, la improvisación, la corrupción y -con mucho esfuerzo cultural y simbólico- las están mostrando como el pasado (lo viejo), no como la alternativa, un análisis contra-fáctico que ubica a las derechas en el lugar del cambio y de lo nuevo.

Los grupos de poder económico-políticos conservadores no se piensan sin el control del gobierno, aunque sigan acumulando capitales y gozando de libertades plenas para enriquecerse, por ello es preciso combinar la capacidad de resistencia aprendida por años fuera del gobierno, con la capacidad de gobernar demostrada en estos últimas dos décadas. Gobernar para todos a la vez de atender las disputas con los sectores de poder resistentes al cambio del orden social excluyente, pues estos siempre están preparándose para retomar las riendas del gobierno, con golpes parlamentarios, campañas mentirosas, guerras judiciales, o como en el pasado, con la fuerza de las dictaduras. La democracia participativa y la justicia social no son promovidas por las derechas, cada grado de democracia ha sido construido por la acción de las organizaciones populares y sociales[7].

En tal sentido, se pueden moderar las formas de comunicación política necesarias para mediar los discursos de campaña, aunque resulte imposible modificar las aspiraciones de cambio del orden social excluyente. La ola del proceso de cambio puede estar en contra, aunque ello no significa ningún fin de ciclo o el ocaso de los proyectos transformadores, las nuevas oleadas traerán consigo los aprendizajes y partirán de los logros ya obtenidos[8].


NOTAS:


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